Un silencio que habla y deja sin palabras

Laura Lázaro Santos, 13 Novembre, 2016 en butacadefranc[1]

Comienza la función en el Ateneu L’Harmonía. Las 20 personas que estábamos esperando entrábamos a una sala de paredes azules. Nos repartíamos por el espacio y contemplábamos en el suelo a Carmina Pérez Soriano, actriz de Los rostros del silencio, con la cabeza escondida y vestida de negro. Poco a poco y de una forma amarga la actriz comenzaba a despertar y cantando una canción nos conducía a una segunda sala. En un ambiente muy íntimo los asistentes nos sentamos en unas sillas y ante nosotros observábamos un decorado con cartas y ropa tendidas, una silla y varias lámparas.

Carmina Pérez Soriano, a través de sencillos cambios de ropa, se transformaba en “La Negra” en un aviador y, finalmente, en “La Loca”. Estos personajes contaban en primera persona su vivencia durante la Guerra Civil. Todos nos trasladábamos 80 años atrás. Por el altavoz iban sonando discursos políticos de la época. El público estaba totalmente integrado en el espectáculo. La actriz nos miraba directamente a los ojos cuando hablaba. La cuarta pared no existía.

A continuación, se produjo un cambio de talante en la representación que nos dejaría a todos sin palabras. Carmina Pérez Soriano nos regalaba su historia. Sentada en la silla y con una carpeta en la mano comenzaba a hablar. El azar quiso que su tía no pudiera quemar unas cartas que conservaba de la Guerra Civil y así llegaron a sus manos.

Un árbol genealógico pintado con pintura sobre una tela había formado parte de la escenografía desde el inicio de la representación. Era el suyo. Nos explicó quiénes eran los personajes que había interpretado al inicio del espectáculo y nos presentó a Bernardo y Emilia, sus bisabuelos, y los autores de las cartas que nos acabarían conmocionando a todos. Compartió con los asistentes fragmentos de esas cartas. No obstante, sólo leyó una en su totalidad: la que había escrito Emilia a Franco pidiendo que absolvieran a su marido, contra quien se habían presentado varios cargos. En la sala de l’Ateneu L’Harmonia sólo el silencio acompañaba a las palabras de Carmina Pérez Soriano. Los asistentes la escuchaban con gran atención. Sus bisabuelos, a pesar de todo, habían sobrevivido a la guerra. Después de contar su historia, la intérprete con un discurso brillante abrió una profunda reflexión.

“Sobrevivieron, si a tener que humillarse diariamente se le puede llamar vida”. El hecho traumático de una guerra tiene consecuencias que perduran a lo largo de las generaciones. Así había llegado hasta la protagonista un sentimiento de culpa, de la culpabilidad que sentían sus bisabuelos por haber sobrevivido; un sentimiento de resignación surgido del pacto de silencio que la violencia y el terror impusieron durante la guerra y que calló tantas cosas.

“Mis antepasados no podían hablar pero yo sí (…) recordar no quiere decir vengar, (…) tomo el relevo de la lucha callada, (….) liberar mi cuerpo se liberar el suyo”. Con una pandereta en la mano y cantando una canción finalizaba la obra. Un largo aplauso era seguido por un silencio que sólo rompería al cabo de unos minutos la intervención de dos asistentes: “Increíble”, “Gracias por compartir esto con nosotros”.

Historia familiar e historia social se mezclan en este espectáculo. “El objetivo era acabar con el silencio que sufría mi familia y que también sufre la sociedad” explica Carmina Pérez Soriano. Pretende que su historia sirva de espejo a un público con el que tiene un importante punto en común: el horror de una guerra no hablada. Ella rompe con el silencio y se libera de su sentimiento de culpa con la intención de que el silencio lo rompamos todos.

Laura Lázaro Santos

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